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Clínicas privadas y HCM ¿Pagarías por tu muerte?

Centro Medico Docente La Trinidad

/Por Kaybeliz López/ Epale/CCS/SiBCI/

La mercantilización de la medicina privada nos lleva por una senda angosta y peligrosa. Todo se pliega al supuesto de que a mayores garantías mejor salud. Los resultados de esta falsa educación hacen lucir los seguros médicos como espadas de Damocles

Nos aproximamos al lugar y la ciudad iba transformándose, pasando del caos y el bullicio a las verdes lomas con edificios bajos, elegantes y fríos, esos que parecen estar perennemente deshabitados. Pronto, la típica valla vial anunció que estábamos cerca y la luz de cruce se agitó hacia la derecha; preparamos los grabadores para espiar y el logo, diseñado con círculos en
verde y azul, nos indicó que nos adentrábamos en una comunidad científica, pero en seguida el brazo mecánico y la computadora que escupe papeletas de parking nos detuvo, cambiando la simbología de centro asistencial a centro comercial: “Bienvenidos al Centro Médico Docente La Trinidad”.

Pasamos el primer obstáculo y nos topamos con un conjunto de edificios con aspecto exclusivo; segundos más tarde, nos fijamos que en uno de ellos abundaban carros “último modelo” y que, además, estaba seccionado, en primer lugar, entre trabajadores y visitantes y, más específicamente, entre especialidades médicas, no sabemos si por obsesiva organización corporativa o por el morboso uso de las etiquetas, que en la medicina constituyen otra pirámide de estatus digna de un profundo estudio sociológico.
Cuando logramos estacionar, respiramos profundo, oxigenamos el cerebro y nos blindamos psicológicamente para empezar la parte más peligrosa del espionaje: entrar y enfrentarnos al personal administrativo y, ¿por qué no?, al médico, sin parecer periodistas chavistas en busca de respuestas, de responsabilidades.

Las puertas corredizas se abrieron automáticamente y descubrieron en su interior una mezzanina con restaurantes y tiendas —hasta ese momento el sitio no daba señales de doctores salvando vidas, personas con urgencias, medicinas y afines—; fácilmente uno podría ir con un grupo de amigos a compartir un café o un almuerzo gourmet, sin sospechar que a pocos metros realizan diagnósticos que en muchos casos ameritan una terapia intensiva que, de una, consume jugosas pólizas de hospitalización, cirugía y maternidad (HCM) como las de Pdvsa y Cantv.

REC-REC-REC

Luego de atravesar un sistema de ascenso parecido a la famosa Escalera de Penrose, llegamos al piso donde sólo atienden los gastroenterólogos. Ya va. Echemos la película pa’trás. La razón que nos llevó a hacer este trabajo de investigación fue el caso del señor Rafael Arias, quien ingresó el 4 de marzo de 2012 al Centro Médico Docente La Trinidad con un fuerte dolor de garganta y abandonó la clínica nueve meses después, el 27 de noviembre de 2012, sin signos vitales.

Su esposa, Elisa Petit, compartió detalles de la atención médica que le brindaron a su esposo por el problema en la garganta: 1) rayos X de tórax (no de garganta); 2) entubación (sin anestesia) para ayudarlo a respirar; 3) resucitación cardiopulmonar… ¿RCP? Sí, la mala praxis ocasionó que los médicos reventaran el absceso en la garganta que tanto dolor le causaba al señor Arias y éste drenó por las vías respiratorias causándole un infarto que lo llevó a terapia intensiva. Como suponen, fueron nueve meses de lucha para la familia Arias-Petit y, esta, la primera de muchas irregularidades médicas, reflejadas -y tergiversadas- en una infinidad de facturas abultadas debido a que Rafael Arias, quien trabajaba en PDVSA, estaba asegurado por más de un millón de bolívares fuertes. Desfilaron caros procedimientos y distintos especialistas: un internista, dos gastroenterólogos, un médico residente, un endocrinólogo, un intensivista, uno de medicina crítica; en fin, 14 médicos que supuestamente lo curarían.

Entonces, una vez en el piso de gastroenterología, varias salas de espera más allá, llegamos a una taquilla muy corporativa donde dos chicas detrás de un vidrio, corporativamente uniformadas, nos dieron información muy corporativa: “Pueden buscar aquí las tarjetas del doctor Bandres y de la doctora Ruiz”. Esa fue la respuesta que nos dieron las recepcionistas para dejar de prestarnos atención y continuar la conversación que inoportunamente interrumpimos en nuestra búsqueda de un médico de estómagos, sin sospechar que se trataba de una investigación.

Así continuamos la bitácora por todo el centro ejecutivo, hasta encontrar la tarjeta de la doctora Zinger, internista y médico de cabecera del señor Arias, y la del doctor Haiek, médico endocrinólogo, también involucrado. Lo más sorprendente fue descubrir que cada piso —cada uno perteneciente a una o dos especialidades distintas— tenía múltiples cajas, es decir, taquillas de cobranza; eran hasta más visibles que los propios consultorios.

Las salas de espera para pasar a consulta, que podría confundirse fácilmente con las de un banco, pero para ricos, estaban decoradas con distintos diseños sobrios y sillas cómodas ocupadas por mujeres sencillas o encopetadas, hombres vestidos de marca y crédito, todo mezclando entre sí grandes cifras bancarias, la frialdad y el silencio arrogante típico de la clase acomodada. Por cierto, nos pareció ver a Eduardo Sepene haciendo tiempo en la cómoda sala de espera de la emergencia, más parecida a una boutique de diseño de interiores. Quizá no era él, sino otro disfraz de caraqueño adinerado.

El clinigate

Salimos del Centro Médico Docente La Trinidad con dos ideas claras: que eso era un exclusivo centro empresarial que compra (cobra) vidas a través del HCM y que trataríamos de contactar a los médicos involucrados en el fallecimiento de Rafael Arias.

¿Por qué no realizaron una placa de garganta antes de entubarlo?, ¿por qué decidieron hacerle una gastrostomía (procedimiento costoso) en vez de alimentarlo por vía intravenosa (procedimiento más económico)?, ¿por qué siguieron haciéndole rayos
X y, además, de madrugada cuando ningún familiar estaba y son más costosos los procedimientos médicos?, ¿por qué llegaron a cobrar en las facturas múltiples visitas de neonatólogos cuando el señor Arias tenía 62 años?, ¿por qué la doctora Zinger revirtió el alta cuando el señor Arias estaba en las mejores condiciones?, ¿por qué cayó en coma luego de ser nebulizado el mismo día que revirtieron el alta? Queríamos que estas y otras preguntas fueron respondidas por, al menos, cuatro de ellos: Zimbul Zinger, Dervis Bandres, Neovis Ruiz y Paul Haiek.

De nuevo marcamos los números locales y celulares de los médicos. La secretaria y la señora que realiza oficios domésticos en la casa de Zinger nos indicaron: “La doctora está de viaje”. Una y otra vez la operadora confirmó que su celular estaba apagado.

Después, llamamos a Paul Haiek y su secretaria nos informó: “El doctor Haiek está fuera del país”. “¿Fuera del país?”. “Sí, está en un congreso”. “¡Ah!, disculpe, ¿un congreso sobre qué?” “Está en un congreso sobre tiroides”. “Bueno, gracias”.

Sólo nos quedaban dos personas claves por uno de los procedimientos quirúrgicos más importantes realizados a Rafael Arias: la gastrostomía que le causó una gran infección a nivel intestinal.

Repicó varias veces el teléfono y la secretaria nos indicó que el doctor Bandres estaba “en estudio” y nos facilitó otro número telefónico. Llamamos y repicó hasta que se cortó la línea. “Vamos a hacer algo: déjalo repicar dos veces y corta, luego vuelve a llamar”. Y después de realizar el protocolo estratégico:

“¿Aló?”. “Sí, por favor con el doctor Bandres”. “Él está operando”. “¿Y le falta mucho?”.

“Como media hora”. “Por favor, ¿tú podrías informarle que estamos haciendo un trabajo sobre el caso del señor Rafael Arias, que fue atendido por él y falleció el 27 de noviembre del año pasado?”. “Claro, déjame un número telefónico y él te devuelve la llamada”.

Hablábamos y acordábamos la metodología para la siguiente llamada, cuando nuestros oídos escucharon repicar el teléfono. Era el doctor Dervis Bandres y, en resumen, estas fueron sus respuestas: 1) “Sí, mira, yo no recuerdo muy bien ese caso del que me están hablando”; 2) “En 20 años de carrera no recuerdo ningún caso complicado”; 3) “Si yo hice eso, como tú lo dices, fue
para atender un problema puntual, y si es un caso médico-legal, los tribunales se encargarán de dictaminar sobre eso”.

La más preocupada fue Neovis Ruiz, quien respondió sin apuros a todas nuestras preguntas, aunque con evasivas. La gastroenteróloga nos contó que no había sido la médica tratante, sino Zimbul Zinger y que ella solo había atendido al señor Arias a manera de “interconsulta”, es decir, solicitaron sus servicios en una o varias oportunidades pero no estaba asignada como médica fija para el caso, situación que, como bien concluye la ahora viuda Elisa Petit, diluye las responsabilidades de los médicos; nadie da una respuesta clara ni se responsabiliza ante las dudas y la angustia que genera un familiar en terapia intensiva por tanto tiempo.

Las facturas: el despilfarro se pierde de vista…

Estas son la prueba del fraude que conserva Elisa Petit. ¿Cuánto cuesta una enfermedad respiratoria en el Centro Médico Docente La Trinidad? Según dice la experiencia, estas clínicas saben mucho de usura y siempre buscarán aplicar los procedimientos quirúrgicos más costosos, lo cual significa que llegan a realizar diagnósticos errados sólo para abultar la factura que pagará el seguro contratado por el Estado.

“¡Traqueotomía!, ¡traqueotomía!, ¡lleve su traqueotomía!”. Tal como lo informó la señora Petit, esta operación le costó al seguro de Pdvsa Bs. 678.258,62, es decir, casi 700 millones de los viejos. De hecho, la Alianza Interinstitucional por la Salud (AIS), que agrupa a 44 instituciones públicas que se organizaron para proteger -aunque parezca una ironía- a sus trabajadores del fraudulento sistema de salud privatizado, nos informó que anualmente el Estado gasta, aproximadamente, 7 mil millones de dólares en el financiamiento de la salud privada a través de la contratación de seguros; asimismo, según sus propios números, 70% de los ingresos totales de estas clínicas provienen de las pólizas de HCM del sector público. Sin dejar de mencionar el detallito de las 16 visitas que supuestamente realizó un neonatólogo al señor Arias, quien pasaba de los 60 años…

Otro dato curioso es que muchas clínicas no dan ni siquiera copia de las facturas a los trabajadores, argumentando que ellas las entregan directamente a los seguros. ¿Cómo puede hacer contraloría la institución, junto con el trabajador, de los procedimientos y costos facturados?

“Misterios de la ciencia médica”, diría el Profesor Lupa… Y no ocurre solo en la casa del vecino, en la propia también. Por ejemplo, un seguro del Estado —cuyo nombre me reservaré— hace poco informó a una de las instituciones públicas contratantes que se había consumido casi el total de la póliza justo en la fecha que corre (mitad de año). El desglose del consumo indicaba, entre otras, “enfermedades no reportadas” (como enfermedades fantasmas) que consumían 39% del total de la póliza de la institución.

Adivinen, el seguro devolvió la llamada y se excusó porque había sido “un error de tipeo”. ¿Cuántos millones robarán a diario las clínicas y los seguros a través estos manejos fraudulentos, a los que no se les mete la lupa por tratarse de cifras grandes que el Estado no maneja? El despilfarro se pierde de vista.

A través de estos y otros truquitos, que aún le siguen funcionando, el Centro Médico Docente La Trinidad facturó, en tan sólo un mes de hospitalización, la cantidad de 1.070.052,70 (o mil millones de los viejos) a nombre de Rafael Eduardo Arias Rivero, C.I. 3.469.768, en convenio con Pdvsa Petróleo, S.A. Su familia continúa luchando para que la justicia venezolana identifique a los inescrupulosos en quienes confiamos —muchas veces, ciegamente— nuestras vidas.

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Esta entrada fue publicada en 8 agosto, 2013 por en Patria Grande, Venezuela y etiquetada con , , , , , .

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