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OPINIÓN / D. A. Rangel a dos años

Domingo-Alberto-Rangel23135856Freddy J. Melo

El jueves 27 de septiembre de 2012 acompañamos a Domingo Alberto Rangel Burgoin al final de su presencia física en la Tierra. Cuatro días antes, a las 5 de la madrugada del domingo 23, se había apagado su cabeza luminosa y cesado de latir su generoso corazón. Eran los componentes esenciales de este hombre, que trascenderá el tiempo y cuya impronta marcó en apreciable medida los aconteceres  del siglo XX en su patria y en otros ámbitos que lo vieron actuar o conocieron su palabra. Anduvo por los caminos de este mundo durante ochenta y nueve años, cuatro meses y seis días.

Con su marcha, Venezuela perdió un maestro de honradez, combatividad y  valentía, uno que fue y será imprescindible y a quien amaremos en su recuerdo, en sus libros y en el inagotable tesoro de su amistad.

En su parábola existencial se inscribe el signo de Francisco de Miranda (Oscar Wilde afirmaba de sí mismo algo similar): una personalidad dotada de todos los atributos, pero a quien siempre le fue esquiva la victoria perseguida con mayor aliento. Desde cuando en su mente juvenil prendió de manos de León Trotsky la lumbre del marxismo, se convirtió en guerrero del pensamiento, protagonista de combates y líder de revolucionarios tras el vellocino de oro de la liberación de su pueblo y la solidaridad con los irredentos del planeta.

Las mezquinas notas de prensa dedicadas a su deceso oscilaron entre la desinformación y el propósito de ocultar lo esencial de su vida. Se le tildó con insistencia de “fundador de Acción Democrática” y “adeco”. Pero, primero, él entró a ese partido después de fundado y porque en esos años –los de la 2ª guerra mundial y la presidencia del general Isaías Medina Angarita–, la demagogia betancourista lo presentaba como el más antimperialista y revolucionario y muchos jóvenes así lo creyeron; y segundo, su militancia de menos de dos décadas fue siempre contestataria y enfrentó crecientemente a la llamada “vieja guardia”, en la misma medida en que ésta se tornaba derechista y Betancourt se desenmascaraba como agente del imperio y Midas de la mentira. Fue siempre mucho más allá de un socialdemócrata y muchísimo más allá de lo que conforma la tipología típica del adequismo.

En esencia, y con todas sus contradicciones, y equivocaciones imposibles de faltar en quien estuvo “alzado contra todo” (como titula sus Memorias), fue un revolucionario digno de ese título. Combatió de frente y con audacia, desplegando sus dotes organizativas, sus encendidas arengas de tribuno popular, su maestría parlamentaria y su palabra escrita en innumerables artículos y decenas de libros. La explotación del humano por el humano, el capitalismo que la sintetiza en sus entrañas y la lleva a su clímax de infamia con el imperialismo, las clases dominantes y los gobiernos y políticos que gestionan sus intereses, la cauda de desclasados que les sirven –todo el sistema que vive de parasitar a los trabajadores del mundo– estuvieron bajo el filo de su escalpelo crítico, en función, por supuesto, de lo que fue el objeto mayor de sus luchas y desvelos, la liberación nacional y social de Venezuela.

Entre sus grandes logros está el haber proclamado por vez primera la maduración de nuestra sociedad para el socialismo y planteado la lucha por implantarlo como tarea inmediata de los revolucionarios. “Sin socialismo –dijo– no habrá en nuestro país independencia nacional ni emancipación económica”.

Denunció la democracia al uso como “una farsa, una comedia, un régimen hecho para servir al capital imperial con más eficacia que la propia dictadura” y defendió el marxismo señalándolo como “el más grande triunfo de la inteligencia sobre las dificultades del medio físico o del medio social”.

Fue fundador y máximo líder del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), un partido cuya impronta en el curso de las luchas revolucionarias de Venezuela tiene la significación de lo históricamente perdurable.

Frente a la Revolución Bolivariana mantuvo una posición de crítica severa (sin cederle ni un ápice a la derecha) por considerar que no responde cabalmente a la concepción revolucionaria que el MIR encarnó. Posición que, desde luego, estimo como tal vez la mayor de sus equivocaciones.

No abjuró de una sola de sus ideas. Y casi en soledad debido a ellas, terminó su vida como profesor emérito y escritor de vasta obra necesaria.

Sus Memorias concluyen con una frase enlazada a otra del maestro Rómulo Gallegos que reitera la profundidad de sus convicciones: “No estaré presente en las exequias del capitalismo, pero sangre mía palpitará en la emoción de quien lo vea”.

Creo que la Revolución Bolivariana te hará, Domingo, rebullir esa sangre.

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Esta entrada fue publicada el 4 octubre, 2014 por en Ética socialista, Debate de ideas, Opinión, Personalidades, Política, Venezuela.

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