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Regocijo con la muerte

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Por Clodovaldo Hernández

Lo más escalofriante es que estas expresiones salen a veces del alma misma de gente querida

A la hora de escribir este comentario (noche del triste jueves) todavía no se sabe mucho acerca del asesinato del diputado Robert Serra y de su pareja, salvo las primeras declaraciones del general Miguel Rodríguez Torres y las clásicas especulaciones de los reporteros de sucesos, quienes cuando no saben algo lo deducen, cual detectives de novela negra.

Lo que -tristemente- no ofrece lugar a dudas es el regocijo que le produjo este trágico suceso a mucha gente de la autodenominada sociedad civil: esas personas principalmente de la clase media opositora, fanáticos de las redes sociales y de las tertulias, en restaurantes de a mil el plato, sobre la grave peladera nacional.

No es un fenómeno nuevo en este sector sociopolítico. Muertes anteriores (como las de Danilo Anderson, Lina Ron, Alberto Müller Rojas, Willian Lara, Clodosbaldo Russián, Carlos Escarrá y Eliézer Otaiza) dieron origen en su momento a deplorables reacciones, de esas que hacen dudar “que sea humana la humanidad”, por decirlo parafraseando a Alí Primera. Al conocerse esos fallecimientos, muchas damas y muchos caballeros del antichavismo rabioso (y algunos del moderado) mostraron sus verdaderas caras, muy distintas por cierto a las que acostumbran presentar en público, que son las de criaturas piadosas y amantes de la paz. Todo esto sin hablar -para no caer en el campo de lo hiperbólico- acerca de la estrepitosa alegría que les trajo el deceso del comandante Chávez (aunque muchas de estas personas ahora dicen que lo extrañan… ¿quién los entiende?).

Todos tenemos alrededor alguno de estos seres que se regocijan con la muerte del adversario. Lo más escalofriante es que estas expresiones salen a veces del alma misma de gente querida, a la que sabemos buena, de sólida formación moral, incluso practicantes fervorosos de su religión o militantes de dulces obras de caridad.

Desde el punto de vista sociológico es un fenómeno digno de profundos estudios, entre otras razones porque cuando a estas personas se les confronta con su actitud desalmada y cruel, siempre encuentran la manera de endilgarle la responsabilidad a los fallecidos. Sostienen que, en realidad, no son así de perversos, lo que ocurre es que la prístina nobleza de sus espíritus se vio opacada por el malvado influjo de ya ustedes saben quién.

Siendo el domingo un día de liturgias y oraciones, vale la pena preguntarse ¿cuántos de los que se alegraron con la muerte de Serra acudieron hoy (o planean hacerlo) a presentarse ante otros feligreses y ante sí mismos como si fueran puros de corazón? ¿Cuántos ni siquiera se toman ya la molestia de darse golpes de pecho por el feo pecado de ser cultores de la desgracia ajena? ¿Qué dirá el buen Dios?

clodoher@yahoo.com

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Esta entrada fue publicada en 5 octubre, 2014 por en Clodovaldo Hernández, gobierno, Golpe suave, Gran Caracas, Opinión, Patria Grande, Venezuela y etiquetada con , , .

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