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Crónica / Aquel 4 de febrero me dieron ganas de salir a gritar “Salgan, cayó el bipartidismo corrupto”

hvyh51328224552Por Carlos Machado Villanueva/ El Peatón/

04/0272015

Para ese entonces cuando mi jefa me preguntaba qué iba a suceder en Venezuela ante el deterioro de la gobernabilidad del  presidente adeco por segunda vez, Carlos Andrés Pérez, le respondía que la única salida era la de alzamiento en armas de un grupo de patriotas, aunque nunca me imagine que éstos fuesen jóvenes militares bolivarianos.

Veníamos de vivir la experiencia latinoamericana de crueles dictaduras militares, por lo que nuestra generación, también de jóvenes,  y en mi caso militante comunista, no abrigásemos esperanza alguna en que del seno de nuestro ejército emergiera este movimiento militar patriota conocido en principio como los “Comacates” (Comandantes, mayores, capitanes y tenientes), y que luego sabríamos que se trataba del Movimiento Revolucionario 200 (MBR-200), en homenaje al bicentenario del natalicio del Libertador Simón Bolívar, que se cumplió el 24 de julio de 1983.

A ese precedente se sumaba el nivel de corrupción y desmoralización que imperaba en el seno de nuestras antiguas fuerzas armadas, cuando incluso la amante del presidente también socialdemócrata Jaime Lusinchi, Blanca Ibáñez, se aparecía ataviada con uniforme de general y giraba instrucciones cual militar de carrera para que “los subalternos” satisfascieran su caprichos.

Con el devenir de los días y de todos estos 23 años, la realidad me ha confirmado que siempre existió, y  mejor aún, existe todavía, una poderosa reserva moral en nuestro ejército, hoy afortunadamente bolivariano gracias a la gesta del Comandante Hugo Chávez y sus hombres aquel 4 de febrero de 1992.

Hoy  pido disculpas, en particular,  a mi amigo de barrio, tamborero y gaitero, quien le comunicaría por allá  a finales de los años 80 del siglo pasado a una amiga común su molestia conmigo, luego de que en una oportunidad le respondí dogmáticamente que la mayoría de los militares venezolanos eran unos corruptos y reaccionarios.

Mi amigo Javier, seguramente enterado de lo que se movía por dentro del ejército, me refutaría apasionadamente mi posición. Un accidente en el campo de entrenamiento militar de “Turmerito” le provocó una grave lesión en un pie al explotar una mina que había sido dejada abandonada en el mismo, perdiendo por ello su carrera militar.

Fue a las 6 de la mañana cuando al encender el televisor me encontraría con la imagen del líder de la rebelión Militar -como nos enteraríamos con el correr de los días-,  el teniente Coronel Hugo Chávez Frías y su famosa y breve intervención de apenas 2 minutos, en la que dejaría escapar de sus labios aquel “por ahora” que quedó retumbando en la conciencia de todo un pueblo hasta ese entonces mancillado por desgobiernos socialdemócratas y socialcristianos.

No aguantaba aquella mañana las ganas de salir a la calle y empezar a gritar: “¡Cayo el bipartidismo corrupto, carajo! ¡Salgan, salgan, celebremos este histórico acontecimiento!”.

Cuando ya se hicieron las 7 de la mañana, busqué a un militante de nuestra célula, Henry, y comenzamos a intercambiar ideas acerca de lo que haríamos como comunistas y militantes de la célula de nuestro barrio en Petare si el pueblo salía a las calles en apoyo a aquella rebelión militar.

Diez meses y 23 días después se produciría el segundo alzamiento militar, un 27 de noviembre de 1992. El gobierno de Pérez, sorprendido nuevamente, iniciaría una ola de represión y persecución indiscriminada luego de volver a dominar la situación. Afortunadamente, los cabecillas, entre estos, el vicealmirante Grüber Odreman, lograron huir  a tiempo en un avión al Perú. Al parecer, la cúpula gobernante  corrupta se había convencido esta vez de que la cosa iba en serio en contra de sus desmanes.

Fue así como a las 3 de la madrugada del día 28 de noviembre los fuertes golpes a la puerta de mi casa me despertaron exaltado. “¡Abran la puerta, no joda, sino tumbamos la puerta!”, alcance a escuchar aún medio dormido. En ese momento me encontraba yo solo.

Al abrir, fusil al pecho, entraron tres soldados y se dirigieron directamente a mi cuarto revolviendo y desordenando todo  a su paso y registrando donde les pareciera que podían existir armas ocultas. No consiguieron nada y se marcharon, mientras que yo pasé el susto.

Con los días supe que 11 viviendas de mi barrio fueron igualmente allanadas y revisadas. De quien hasta hoy sospecho como delator sólo puedo decir que ya no existe físicamente; pero sí, que vivía en mi misma calle, que jugamos juntos en nuestra infancia, que trabajaba para ese entonces como agente de la Disip, y que estuvo muy vinculado al dirigente socialcristiano Enrique Mendoza, incluso llegó a ser diputado del Consejo Legislativo del estado Miranda.

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Esta entrada fue publicada el 4 febrero, 2015 por en Crónicas, Efemérides, El legado de Chávez, Opinión, Venezuela.

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